Las historias de fantasía siempre hablan de diferentes razas que habitaban la tierra. Aparte de los humanos, tenemos los enanos, los elfos, los trolls y demás criaturas con características únicas y propias que las definen entre sí. En realidad, antes de que el primer imperio existiera, el ser humano realmente convivía con diferentes especies de homínidos con las cuales compartían características similares pero con notables diferencias genéticas. Hace decenas de miles de años que la diversidad de homínidos pasó de diferentes especies que habitaban cuevas, ríos, bosques, selvas y desiertos. Algunos más altos, otros más pequeños y otros más los musculosos como neandertales que podrían tomar a un ser humano del cuello y levantarlo con la mano a sólo uno. De todas las especies de homínidos sólo el ser humano sobrevivió hasta nuestros días. Bien podría afirmarse que nuestro cerebro superior fue la diferencia en la carrera armamentista por la supervivencia del más apto, pero existe una posibilidad de que otros humanoides hubieran sido más inteligentes pero sin la capacidad física, social u otra característica propia de nuestra especie que marcara la diferencia entre vivir y extinguirse.Una vez libre de competencia y con nuevo armamento de piedra, el ser humano pudo expandirse a lo largo del mundo, adaptándose y modificando su cuerpo de acuerdo al ambiente. Con cada descubrimiento el ser humano adquiría nuevas capacidades, entre ellas: La guerra; Funciona de la siguiente manera, tienes dos grupos de personas, los dos poseen armamento y tácticas, al confrontarse, aquel que posea las mejores armas y sea más capaz de usarlas eficientemente será el vencedor, es decir, el que posea la mejor estrategia y pueda aplicarla mejor gana toda la comida, territorios y demás herramientas. Esto fue así de simple hasta que empezaron a surgir los imperios y la cultura.
Cuando los conocimientos empezaron a agruparse en un orden lógico y masivo, fue posible la existencia de los grandes imperios. Enormes grupos de personas con una misma ideología, liderados por un monarca absoluto con creencias bien establecidas, por escrito o labrados en piedra. Creencias sobre su propio grupo, sobre el mundo y sobre aquellos que no forman parte de su comunidad. En el momento en que un ejército arrasa con una ciudad o un pueblo, no sólo se lleva sus vasijas de oro y monedas de plata o las estatuas y monumentos, sino que se lleva parte de su cultura y además, impone su lenguaje, moneda y autoridad en dicho territorio. Al asentarse, este imperio conquistador, en las nuevas tierras, deja también hijos bastardos y en otros casos, hacen su casa y su familia en ese nuevo lugar y si llegase a tener control por un periodo prolongado, eventualmente dicho territorio pasa a ser un híbrido cultural y genético entre el primer grupo que se asentó ahí y aquel que lo conquistó.
Esto ha sido así por miles de años y ha tenido lugar por todo el mundo. También las alianzas y comercio promueven esta mezcolanza genética y cultural, pero eso más bien aplica a nuestros días y aún sigue influyendo la guerra en este proceso.
Así pues, España estuvo habitada y conquistada por los romanos, los árabes, por napoleón y México por los aztecas y luego por los españoles, luego por mexicanos, etc. Aquellos imperios que habitaron los alrededores del mediterráneo se mezclaron, destruyeron y reconstruyeron desde que existen los barcos de guerra y hasta antes. Igual en África, Asia, el Medio Oriente, Oceanía y América, es decir, en todo el mundo.
A pesar de estas mezcolanzas, aún existen notables diferencias físicas que dividen a las personas en lo que hoy equivocadamente llaman “razas”. Y es que, los nuevos estudios antropológicos afirman que estos rasgos que visualmente nos parecen relevantes (el color de piel, la complexión o el número de dedos) es más debido a nuestra visión personal del mundo, es decir, nuestras propias creencias, ideas, cultura y cosmo-visión, que a diferencias biológica y genéticamente significativas.
A un nivel genético, son pocos los genes involucrados en el color de toda nuestra piel, comparados con aquellos que le dan color a nuestros ojos. La mayoría de los genes afectan, de hecho, lo que pasa dentro de nuestra piel, es decir, en el resto del cuerpo no expuesto a la vista (principal órgano de obtención de información). Lo que quiero decir es que, los rasgos biológicos más significativos que podrían decirnos si existen diferentes “razas” de seres humanos no estuvieron visibles a nuestros ojos sino hasta que se decodificó el ADN, que es el instructivo para fabricar a cada especie.
El ADN contiene la información genética de todas las especies y pequeñas variaciones en este pueden hacer la diferencia de un perro a un gato o de un ser humano a una mangosta. Estas variaciones en los genes de los seres humanos no alcanzan para dividir a la especie humana en razas, término en desuso científico. En primer lugar porque se estima que, en cierto punto de la historia evolutiva del ser humano, la población disminuyó a un grado crítico en el que sólo unas pocas familias de homo-sapiens sobrevivieron dejando poca variación genética entre estos antepasados. Lo segundo es por la mezcolanza producto de la guerra y la expansión de los imperios a lo largo de la tierra.
La diversidad cultural actual también se debe a este proceso y es que la variabilidad genética ha permitido la supervivencia del ser humano, ya que con cada generación pasan los mejores rasgos fortaleciendo a la especie en general. La variabilidad que existe actualmente es debido a que existió anteriormente, pues fue un cambio ambiental el que acabó con poblaciones enteras, las cuales, si hubieran sido todas indistintas no hubiera sobrevivido ninguna pues algo que es capaz de matar a un miembro de una especie de la cual todos sus integrantes son idénticos será capaz de acabar con todos miembros los de esa especie. Ahora bien, si dentro de la especie existen variaciones mínimas, aquello que acabaría eficientemente con un integrante de ese grupo no podrá acabar con todos con la misma eficiencia pues no serán todos iguales.
La variabilidad permite la selección natural, la adaptación y la evolución y es debido a esta que los seres humanos han podido sobrevivir y expandirse. A los seres humanos nos unen nuestras diferencias las cuales compartimos todos y que nos obligan, en nuestra propia sangre, a actuar siempre en pro de nuestra especie pues todos, sin importar cuán diferentes aparentemente seamos, somos seres humanos y tenemos parientes en todos los rincones del mundo y esos parientes son el resto de las personas que habitan el único planeta que tenemos.
Cuando los conocimientos empezaron a agruparse en un orden lógico y masivo, fue posible la existencia de los grandes imperios. Enormes grupos de personas con una misma ideología, liderados por un monarca absoluto con creencias bien establecidas, por escrito o labrados en piedra. Creencias sobre su propio grupo, sobre el mundo y sobre aquellos que no forman parte de su comunidad. En el momento en que un ejército arrasa con una ciudad o un pueblo, no sólo se lleva sus vasijas de oro y monedas de plata o las estatuas y monumentos, sino que se lleva parte de su cultura y además, impone su lenguaje, moneda y autoridad en dicho territorio. Al asentarse, este imperio conquistador, en las nuevas tierras, deja también hijos bastardos y en otros casos, hacen su casa y su familia en ese nuevo lugar y si llegase a tener control por un periodo prolongado, eventualmente dicho territorio pasa a ser un híbrido cultural y genético entre el primer grupo que se asentó ahí y aquel que lo conquistó.
Esto ha sido así por miles de años y ha tenido lugar por todo el mundo. También las alianzas y comercio promueven esta mezcolanza genética y cultural, pero eso más bien aplica a nuestros días y aún sigue influyendo la guerra en este proceso.
Así pues, España estuvo habitada y conquistada por los romanos, los árabes, por napoleón y México por los aztecas y luego por los españoles, luego por mexicanos, etc. Aquellos imperios que habitaron los alrededores del mediterráneo se mezclaron, destruyeron y reconstruyeron desde que existen los barcos de guerra y hasta antes. Igual en África, Asia, el Medio Oriente, Oceanía y América, es decir, en todo el mundo.
A pesar de estas mezcolanzas, aún existen notables diferencias físicas que dividen a las personas en lo que hoy equivocadamente llaman “razas”. Y es que, los nuevos estudios antropológicos afirman que estos rasgos que visualmente nos parecen relevantes (el color de piel, la complexión o el número de dedos) es más debido a nuestra visión personal del mundo, es decir, nuestras propias creencias, ideas, cultura y cosmo-visión, que a diferencias biológica y genéticamente significativas.
A un nivel genético, son pocos los genes involucrados en el color de toda nuestra piel, comparados con aquellos que le dan color a nuestros ojos. La mayoría de los genes afectan, de hecho, lo que pasa dentro de nuestra piel, es decir, en el resto del cuerpo no expuesto a la vista (principal órgano de obtención de información). Lo que quiero decir es que, los rasgos biológicos más significativos que podrían decirnos si existen diferentes “razas” de seres humanos no estuvieron visibles a nuestros ojos sino hasta que se decodificó el ADN, que es el instructivo para fabricar a cada especie.
El ADN contiene la información genética de todas las especies y pequeñas variaciones en este pueden hacer la diferencia de un perro a un gato o de un ser humano a una mangosta. Estas variaciones en los genes de los seres humanos no alcanzan para dividir a la especie humana en razas, término en desuso científico. En primer lugar porque se estima que, en cierto punto de la historia evolutiva del ser humano, la población disminuyó a un grado crítico en el que sólo unas pocas familias de homo-sapiens sobrevivieron dejando poca variación genética entre estos antepasados. Lo segundo es por la mezcolanza producto de la guerra y la expansión de los imperios a lo largo de la tierra.
La diversidad cultural actual también se debe a este proceso y es que la variabilidad genética ha permitido la supervivencia del ser humano, ya que con cada generación pasan los mejores rasgos fortaleciendo a la especie en general. La variabilidad que existe actualmente es debido a que existió anteriormente, pues fue un cambio ambiental el que acabó con poblaciones enteras, las cuales, si hubieran sido todas indistintas no hubiera sobrevivido ninguna pues algo que es capaz de matar a un miembro de una especie de la cual todos sus integrantes son idénticos será capaz de acabar con todos miembros los de esa especie. Ahora bien, si dentro de la especie existen variaciones mínimas, aquello que acabaría eficientemente con un integrante de ese grupo no podrá acabar con todos con la misma eficiencia pues no serán todos iguales.
La variabilidad permite la selección natural, la adaptación y la evolución y es debido a esta que los seres humanos han podido sobrevivir y expandirse. A los seres humanos nos unen nuestras diferencias las cuales compartimos todos y que nos obligan, en nuestra propia sangre, a actuar siempre en pro de nuestra especie pues todos, sin importar cuán diferentes aparentemente seamos, somos seres humanos y tenemos parientes en todos los rincones del mundo y esos parientes son el resto de las personas que habitan el único planeta que tenemos.