La ciencia nace de la filosofía y le añade métodos, técnicas e instrumentos que permiten crear un compendio de conocimientos en un lenguaje común y coherente entre sí. La filosofía empírica ha dominado los métodos de las ciencias alcanzando a descubrir las leyes fundamentales del universo, mas no es el caso de la filosofía, donde aún existen corrientes que se contradicen unas a otras y, desde que existe, nunca ha dejado de evolucionar.
Apoyados por la observación y los métodos cuantitativos es posible hacer predicciones sobre el futuro, recrear sucesos del pasado y replantear la forma en que pensamos. Ahora es posible investigar en lugares donde nunca se había estado: Por encima de los cielos, en el fondo de los mares o en lo profundo de la tierra.
Pero no todos los cálculos son correctos, no todas las observaciones son precisas y, sobre todo, la objetividad es un nivel difícil de alcanzar, aún con los instrumentos más avanzados. El problema surge en que nuestras capacidades físicas e intelectuales fueron desarrolladas para hacer que una especie sobreviva en una época dada en un pequeño planeta.
La instrumentación básica humana, más especializada para agarrar cosas, comunicarse verbalmente, resolver problemas sencillos, recordar algunas cosas, correr a tal velocidad o saltar con tanta fuerza, no está hecha para explorar el espacio o la luna. Esta es la primera gran limitación de la observación empírica: El cuerpo no está capacitado para percibir todo lo que se tiene enfrente.
Gracias a los instrumentos científicos, como el Hubble o los aceleradores de partículas como el LHC, cuyos descubrimientos están redefiniendo nuestras concepciones sobre el universo y sobre nosotros mismos y fuera de aclarar dudas o responder preguntas, la ciencia abre la puerta a nuevas y más difíciles interrogantes. Y al resolver estos enigmas, se desarrolla más tecnología y se acumulan más conocimientos, lo cual se usará para investigar los misterios que vayan surgiendo.
Los empíricos afirman que la realidad está definida por aquello que podemos experimentar a través de nuestros sentidos. El problema es que antes de ser, pasan por un filtro de subjetividad producto del cerebro, que distorsiona la información recibida y el resultado, la experiencia, es una versión diferente a la realidad.
Nuestro cerebro, debido al aprendizaje, puede llegar a distorsionar la información radicalmente, alcanzando grados de ver el color “negro” en vez de el “blanco”. No ver ciertas cosas, ver cosas de más, etc. Por lo que la experiencia de nuestros sentidos es mucho menos certera de lo que se pensaba. De hecho, parece ser que lo que se sabe del universo y de su funcionamiento es cada vez menos. Esta predicción, mientras más se más me doy cuenta de que no sé nada, ya se había hecho antes y es tan cierta hoy, como fue al escribirse.
Pero si ha de existir alguna certeza que hoy la ciencia ha fundamentado con creces, usando los métodos empíricos, es aquel de “pienso y por lo tanto existo”, cuyo valor es universal por lo irrefutable de su lógica, a lo cual se le añade el “Aunque no todo lo que pienso es correcto”.
Apoyados por la observación y los métodos cuantitativos es posible hacer predicciones sobre el futuro, recrear sucesos del pasado y replantear la forma en que pensamos. Ahora es posible investigar en lugares donde nunca se había estado: Por encima de los cielos, en el fondo de los mares o en lo profundo de la tierra.
Pero no todos los cálculos son correctos, no todas las observaciones son precisas y, sobre todo, la objetividad es un nivel difícil de alcanzar, aún con los instrumentos más avanzados. El problema surge en que nuestras capacidades físicas e intelectuales fueron desarrolladas para hacer que una especie sobreviva en una época dada en un pequeño planeta.
La instrumentación básica humana, más especializada para agarrar cosas, comunicarse verbalmente, resolver problemas sencillos, recordar algunas cosas, correr a tal velocidad o saltar con tanta fuerza, no está hecha para explorar el espacio o la luna. Esta es la primera gran limitación de la observación empírica: El cuerpo no está capacitado para percibir todo lo que se tiene enfrente.
Gracias a los instrumentos científicos, como el Hubble o los aceleradores de partículas como el LHC, cuyos descubrimientos están redefiniendo nuestras concepciones sobre el universo y sobre nosotros mismos y fuera de aclarar dudas o responder preguntas, la ciencia abre la puerta a nuevas y más difíciles interrogantes. Y al resolver estos enigmas, se desarrolla más tecnología y se acumulan más conocimientos, lo cual se usará para investigar los misterios que vayan surgiendo.
Los empíricos afirman que la realidad está definida por aquello que podemos experimentar a través de nuestros sentidos. El problema es que antes de ser, pasan por un filtro de subjetividad producto del cerebro, que distorsiona la información recibida y el resultado, la experiencia, es una versión diferente a la realidad.
Nuestro cerebro, debido al aprendizaje, puede llegar a distorsionar la información radicalmente, alcanzando grados de ver el color “negro” en vez de el “blanco”. No ver ciertas cosas, ver cosas de más, etc. Por lo que la experiencia de nuestros sentidos es mucho menos certera de lo que se pensaba. De hecho, parece ser que lo que se sabe del universo y de su funcionamiento es cada vez menos. Esta predicción, mientras más se más me doy cuenta de que no sé nada, ya se había hecho antes y es tan cierta hoy, como fue al escribirse.
Pero si ha de existir alguna certeza que hoy la ciencia ha fundamentado con creces, usando los métodos empíricos, es aquel de “pienso y por lo tanto existo”, cuyo valor es universal por lo irrefutable de su lógica, a lo cual se le añade el “Aunque no todo lo que pienso es correcto”.